(Click here for the English version of this essay.)Un amigo leyó una vez un libro inmensamente popular que aseguraba revelar secretos acerca de los hombres que toda mujer debía conocer. Mientras escuchaba a mi amigo divulgar los “secretos” del libro, no pude evitar sentir que no había nada secreto en sus “secretos” y que no eran sino tonterías comunes para aplacar a hombres perturbados, controladores y abusivos a quienes simplemente no se les reconoce como tales.
Más tarde leí minuciosamente el libro y llegué a la misma conclusión de un crítico que de manera sucinta declaró, “Si eso no describe tus relaciones, un mejor consejo para ti es: ¡Deja de andar con perdedores!” Excelente consejo, pensé, porque un verdadero hombre no es un niño atrapado en el cuerpo de un hombre adulto en busca de una figura materna. Tampoco es su mayor aspiración ser un “dictador benevolente” o el King Kong de su llamado castillo. Él no necesita que su ego sea acariciado por mujeres sumisas ni que su hombría sea validada mediante el ejercicio de la violencia.
De hecho, tal como el Rev. Dr. Martin Luther King, Jr. escribió: “La medida final de un hombre no está en dónde él se ubica en momentos de comodidad y conveniencia, sino dónde se ubica en tiempos de desafío y controversia”.
Lamentablemente, la nuestra es una sociedad en la que se suele medir a un hombre por su apariencia, empleo, símbolos de posición, capacidad de dar regalos, atractivo sexual o un exterior de tipo rudo. Tal como lo señala esa venerada antología llamada Biblia, la gente se inclina demasiado a ver la apariencia externa al tratar de decidir qué clase de hombre es uno. Como consecuencia de ello, casi siempre ocurre que de un hombre se espera poco aparte de que luzca bien, tenga un buen vestuario, un buen empleo, algunos de los bienes materiales más de moda, o todos éstos, y que sea un buen proveedor, buen compañero sexual, buen luchador o simplemente capaz de hacer que una mujer pase buenos momentos con él. No es sino mucho después de que un hombre ha sido juzgado según estos lamentables criterios que se da una seria consideración—por lo general muy poca y demasiado tarde—a si su persona interna es tan buena como su imagen pública.
Pocas personas son lo suficientemente sabias y pacientes para medir a un hombre de acuerdo a dónde se ubica en tiempos de desafío y controversia. La mayoría se contenta con ver que un hombre parece estar bien cuando se encuentra complacido y satisfecho consigo mismo. Incluso las mujeres que buscan compañeros a menudo hacen poco o nada para descubrir cómo un hombre se sostiene bajo el tumultuoso calor de la adversidad. A pesar de los problemas y peligros de tener un amigo o amante inconstante o sólo en momentos prósperos, la mayoría de amigas/os y amantes de un hombre tendrán relaciones falseadas con él sin detenerse a observar su carácter mientras se enfrenta a pruebas y tribulaciones.
No obstante, las cosas más importantes de un hombre se revelan en cómo se conduce cuando está insatisfecho, tenso o preocupado. Es fácil que un hombre se lleve bien con otras personas y proyecte fortaleza de carácter cuando piensa que todo va sobre ruedas. Es fácil que tenga una actitud grandiosa cuando piensa que la vida, las amistades y la familia le están tratando bien. Es fácil que sea el Sr. Idóneo cuando no percibe que algo anda mal (¡con él!). Y es fácil pensar que las circunstancias favorables son la mejor luz bajo la cual ver a un hombre tal como es. Sin embargo, un hombre que muestra lo peor de sí en los peores momentos no es un buen hombre. Un buen hombre da lo mejor de sí mismo incluso durante los momentos más difíciles de su vida; aun cuando está sufriendo y debatiéndose con los asuntos de la vida. Un buen hombre saca cosas buenas del buen tesoro de su corazón, sin importar cuál sea la situación.
Desafortunadamente, la mayoría de la gente cree que los tiempos difíciles son excusas para mostrar fallas y debilidades de carácter, en vez de oportunidades para superarlas (o demostrar que uno las ha superado). Además—continúa esta lógica—nadie es perfecto, así que es realista y mucho más probable que un hombre no sea él mismo bajo el estrés y la tensión de las situaciones difíciles y exigentes. Así, con frecuencia se pasa por alto que un hombre “reaccione de una manera incongruente con su carácter” y se le disculpa por ello, a pesar de las otras vidas que él lastima y destroza. Es un buen hombre, dicen, aunque se puede contar con que tomará malas decisiones cuando está bajo presión o sólo irritado.
Los hombres abusivos y sus víctimas tienden a pensar así. En los casos más severos, tanto el abusador como su víctima disocian por completo al hombre que comete violencia doméstica del mismo hombre que en ocasiones no recurre a ésta. Al defenderse, el abusador podría decir algo como, “Ése no fui yo” y, al menos por un tiempo, su víctima podría estar de acuerdo con eso. El problema en tales casos no es sólo disonancia cognitiva, sino una incomprensión de los roles positivos que el conflicto y la crisis pueden jugar en la maduración y manifestación del carácter de un hombre.
Necesitamos comprender no sólo que las adversidades y los asuntos personales no son excusas para hacer pasar a otras personas y a nosotros mismos por un infierno, sino también que es más deseable y constructivo que aprendamos maneras de transformar esas adversidades y cuestiones en dolores de crecimiento y experiencias a través de los cuales nos empoderamos a nosotros mismos para mostrar integridad, sagacidad, fortaleza interna e intenciones nobles.
Para la mayoría de hombres en nuestra sociedad, éste es un enfoque revolucionario a la resolución de conflictos y el reconocimiento del carácter, sobre todo porque exige de cada uno de nosotros una evaluación minuciosa y permanente de la percepción que tenemos de nosotros mismos. Nuestra sociedad nos enseña muy bien que un “verdadero” hombre no acepta nada y se sale con la suya a través de casi cualquier medio necesario. También nos lleva a creer que cuanto más imponentes, intimidantes, resistentes e independientes somos, más personas—especialmente mujeres, niñas y niños—pensarán que somos “el hombre”. Sin embargo, un hombre que sólo puede recurrir a la agresión no es más ingenioso o impresionante que un ignorante inseguro que intenta usar oprobios para ocultar su vaciedad y limitado vocabulario. El hecho de que un hombre pueda coaccionar a otras personas para que lo dejen salirse con la suya no significa que él sea fuerte. Significa que es demasiado débil e inseguro para encontrarse con ellas en el plano campo de juego de la igualdad y el respeto mutuo.
Las sabias palabras del Dr. King nos convocan a rehacernos y renovarnos como hombres magnánimos aun cuando nuestras vidas y relaciones no son magníficas—como hombres generosos, corteses y caballerosos no sólo en momentos en que serlo es conveniente, sino incluso cuando ello requiere de toda la energía que podamos invocar. Él quería abrir nuestros ojos para que nos diéramos cuenta de que los verdaderos hombres de talla poseemos suficiente fortaleza de mente y espíritu y seguridad en nosotros mismos para ser compasivos y considerados con otras personas, aun en medio de la confusión, las crisis y la severa prueba del amor no correspondido; para admitir y enmendar nuestras faltas, así como perdonar a otras personas; para devolver con bien la perversidad; para ser insultados pero no insultar; para enojarnos y, sin embargo, no pecar; para dialogar en vez de dictar; ser tan suficientemente profundos que nos deleite la diversidad, y lo suficientemente iluminados para vivir y dejar vivir.
Al adoptar este enfoque para lidiar con la adversidad, un hombre se distingue a sí mismo de la gran masa y la mayoría de hombres confundidos que creen que la generosidad es una debilidad. Él pasa a la compañía de hombres valientes de todo el mundo que ya no temen ser amistosos y justos en las buenas y en las malas. Se une a los verdaderos hombres de distinción que reconocen y respetan la dignidad de otras personas, especialmente de mujeres, niñas y niños. Se convierte en un hombre merecedor de honor porque consistentemente honra el valor de otras personas. Llega a ser sobresaliente porque nunca deja a un hombre, una mujer, un niño o una niña en el frío de la injusticia y la insensibilidad. Se convierte en uno de los pocos buenos hombres que han aprendido a buscar lo bueno en otras personas, como también en sí mismos. Llega a ser una luz en los lugares oscuros porque ahora él es parte de la solución y no del problema. Se convierte en un verdadero hombre porque, finalmente, es más que sólo un hombre.
richard jones (http://www.iamrj.com/) es escritor independiente que vive en Detroit, Michigan. También es editor de la bitácora Black Male Appreciation en http://www.blackmaleappreciation.com/.
Copyright (c) 2003 richard jones. Todos los derechos reservados. Este material no puede ser publicado, difundido, traducido, reescrito o redistribuido sin autorización escrita de richard jones (rj@iamrj.com). Fue traducido al español por Laura E. Asturias con autorización escrita del autor.



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